Qué dice Jesús sobre la oración (4)

Qué dice Jesús sobre la oración (4)

Como hemos ido diciendo, para una oración cristiana auténtica es esencial conocer y meditar las enseñanzas de Jesús sobre la oración, que los discípulos escucharon, conservaron y entregaron a las comunidades cristianas, y que han sido vividas por los creyentes hasta que se depositaron en el Evangelio. Seguimos considerando estas enseñanzas.

“¡Oh Dios, ten compasión de mí que soy pecador!” (Lc 18, 13)

Orar con humildad, al igual que el publicano de la parábola (Lc 18, 9-14), es otra de las enseñanzas de Jesús sobre la oración. Las actitudes contrarias (el orgullo, el desprecio de los demás, la sobrevaloración personal) son impedimentos para una auténtica oración cristiana. Si hay reconocimiento del propio pecado, de las propias limitaciones, se produce el milagro de la transformación. Porque el que a sí mismo se engrandece será humillado, y el que se humilla será engrandecido. (Lc 18, 14)

"La medida verdadera de nuestra proximidad a Dios, es la dama Humildad", decía Santa Teresa de Jesús. Y la humildad (la sincera, no la falsa humildad) no es cosa de personas apocadas o débiles, sino de personas valientes y sinceras, que reconocen su limitación y se ponen en manos de Dios. Él, entonces, actúa, trabaja en sus vidas, porque se sienten personas perdonadas, acogidas y queridas. ¡Y es inimaginable la fuerza, el valor y la autenticidad que eso comunica a su alma!

1. Hago silencio en mi interior...

2. ...siento que estoy en la presencia del Padre...

3. ...y hago un acto sincero de humidad ante Él... Reconozco mi pecado, mi limitación, la necesidad que tengo de su ayuda. Lo puedo hacer repitiendo alguna expresión similar a la del publicano, siguiendo el ritmo de la respiración... (Señor Jesús, ten piedad de mí, que soy un/a pecador/a..., o alguna otra del mismo estilo).

4.  Estoy un rato así, sin prisa... Seguramente me vendrán a la mente, y al corazón, mis actitudes de pecado, mis limitaciones... Las acojo, las reconozco: son también parte de mí, de mis "sombras". Y al invocar al Señor que tenga piedad de mí estoy invocando la purificación que necesito. Luego, en mi vida, no puede faltar la determinación para realizar un cambio en mis actitudes. Esta determinación personal (¡imprescindible!), alimentada en la oración hecha con humildad, obrará el "milagro" de mi transformación.