Oración... y escucha

Oración... y escucha

En el Primer libro de los Reyes (19, 8-15) leemos cómo Elías huye al monte Horeb, “el monte de Dios”. Temiendo por su vida, se refugia en una cueva, y allí parece como si Dios quisiera jugar con él: le dice que permanezca de pie, atento, porque Él, Dios, va de pasar. En esta especie de juego, parece que Dios se haga presente en “un viento fuerte y poderoso”, en un “terremoto”, en el “fuego”... pero no es así. Elías, como centinela vigilante, va afinando el oído, va aprendiendo a distinguir el eco de la voz del Señor. Y le reconoce en un “sonido suave y delicado”.

También nosotros nos jugamos la vida en la escucha. “Dios es amor”, y el amor es comunicación, diálogo, palabra cercana y entrañable que se nos ha manifestado en Jesús.

Es necesario saber escuchar a este Dios que nos ama y que se comunica. Tenemos que aprender el lenguaje de Dios, orar y vivir en vigilante atención, sabiendo que Él habla en la Escritura, en la oración comunitaria, en el periódico, en los hermanos, en medio de los ruidos de la vida... y en el secreto del propio corazón.

Por eso, orar es también ponerse a la escucha, permanecer a los pies de Jesús (como María en Betania), convencidos de que poseemos una bienaventuranza (“dichosos los que escuchan la Palabra de Dios”) y de que tenemos una gran tarea: “hacer lo que Él nos diga”.

1. Hago silencio en mi interior...

2. ...siento que estoy en la presencia del Padre... Y ante Él repaso las cosas y acontecimientos del día, tratando de descubrir dónde he reconocido la voz de Dios. Dónde y cuándo lo he visto especialmente presente, qué me ha dicho, qué me ha insinuado...

3. Puedo también escuchar mi cuerpo, toda mi persona, y tomar conciencia de todas las sensaciones (tensiones, cansancio, dolor, inquietud, armonía, calma...) Las escucho sin rechazarlas y sin elaborar un discurso sobre ellas. También Dios se comunica conmigo a través de mi cuerpo...