Oración... y dejarse hacer

Oración... y dejarse hacer

¿”Haces oración”, o “la oración te hace a ti”?  Precisamente con este título, Jesús Renau nos ofrece una de sus acertadas reflexiones, que te invito a que leas y saborees con calma:

No es un simple juego de palabras. Más bien, es un tema de fondo. Es cierto que hacemos oración; estamos en un lugar, intentamos hacer silencio interior, reflexionamos, contemplamos la Palabra, pedimos... Cierto.

Pero hay otra dimensión. En la oración nos relacionamos con Dios. En la fe desnuda... en la fe acompañada de consuelo y de paz, de armonía,... y a veces en la fe que da a la experiencia vital del Otro. Él parece que crece y el yo parece que va quedando recibido, acogido y estimado.

Desde esta dimensión es cuando nos damos cuenta que más que hacer oración, la oración nos hace a nosotros.

La oración potencia en nosotros algunas dimensiones esenciales que generalmente podemos tener medio dormidas: interioridad, concentración, control de la mente, recogimiento, armonía de cuerpo y de espíritu... Dimensiones que nos ayudan a desarrollar nuestra persona en ámbitos interiores fundamentales para vivir de verdad.

La oración nos purifica. Surge lo que estaba medio escondido. Emergen la limitación, las dependencias, los defectos, el mal uso de nuestra libertad y los pecados. Quizás en ocasiones huimos de la oración porque nos da miedo encontrarnos con nosotros mismos. Y no nos damos cuenta del gran beneficio que representa esta purificación.

La oración nos relaciona. Despierta el sentido del otro, de los otros, de la naturaleza, y siempre, cuando rezamos de verdad, nos relaciona con Él. La relación con Dios es la fuente de todas las relaciones en lo que tienen de más positivo, amor, escucha, donación, desinterés.

La oración nos va haciendo cada vez más abiertos a la estima. La recibimos de Él, por la Palabra y la Presencia. De hecho, el amor es el secreto de vivir, desarrollando el interior del corazón. Quien se relaciona y es relacionado con Dios Amor va descubriendo amor y se va haciendo capaz de servir y amar en todo.

Cuando oramos se está realizando una transformación, nunca acabada, que es quizás la mejor aventura, que repercute en la forma de vivir, de sentir, de actuar y de valorar. Por todo ello la oración es la que nos hace a nosotros, y no nosotros quienes hacemos la oración. Dios nos ha amado primero... dejémosle hacer.



1. Hago silencio en mi interior...

2. ...siento que estoy en la presencia del Padre... Y ahora, hoy, en el rato de oración, no hago nada, no intento hacer nada... Estoy, conscientemente, en su presencia, me “dejo hacer” por Él. Creo profundamente que Él trabaja en mí... le dejo que haga... Como si estuviera dejándome acariciar por los rayos del sol, o dejándome inundar por el suave calor que recorre todo mi interior, toda mi persona...

3. (“No haces” nada, pero “te hace” mucho. La próxima vez hablaremos de oración y transformación).