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Catalán

Cuentos

 

Cuentos, narraciones y reflexiones cortas que hacen pensar, confrontar nuestra vida, y rezar.

La pregunta


- Maestro, una última pregunta: ¿Quién es Dios? ¿Dónde está Dios?...
El extraño, puesto en pie, le miró; luego extendió los brazos como pretendiendo asirlos a todos; levantó la cabeza hacia lo alto y no dijo nada, pero algo sorprendente se manifestó...
Un sereno silencio lo invadió todo. En las mentes de aquellas personas, los incontrolables pensamientos que siempre distraen, las ideas que fluyen y refluyen, como ahora mismo fluyen y refluyen en la mente del lector, opinando, corrigiendo, censurando, negando, asintiendo... quedaron congelados, quietos, arrinconados, inactivos... sus mentes quedaron atentas, abiertas y expectantes, esperando la respuesta del extraño a la última pregunta...
Y se abrió ante ellos el libro de la naturaleza. Y las páginas fueron pasando descubriendo ante sus mentes, ahora capaces, hipersensibles, la presencia de lo sublime en las cosas cotidianas.
Y una brisa suave les trajo el aroma de los campos, y el olor del heno, del tomillo y del orégano... y el de las comidas y el pan de las cocinas campesinas flotando en los humos de sus hogares... y el de la humilde violeta y el de las madreselvas y jazmines... y la fragancia de los macizos de rosas y claveles de los jardines cultivados...
Al fondo susurrante del deslizar del río se unió el croar de las ranas desde sus húmedos márgenes y el concierto de los grillos y de las cigarras desde los fértiles campos... Y les llegó el mugir de las vacas pastando... y el rebuzno del asno... y el ladrido lejano del perro del pastor... y, de los rebaños distantes, la bucólica música de las esquilas y los balidos de las ovejas... Desde las alturas, el grito de las gaviotas destacó sobre la algarabía gozosa de tantos y tantos pajarillos del campo...
De un convento lejano llegaron las cristalinas voces de un coro de monjas... y de un pueblo, también lejano, el repicar a fiestas de las campanas y los estampidos de los cohetes... y, de otro pueblo, el lento doblar a muerto por un vecino ido...
De la aldea cercana, subieron los gritos y las risas de los niños en el recreo de la escuela despertando el recuerdo de sus caras inocentes iluminadas por la candidez de sus ojos... De una universidad distante, en una ráfaga exultante de arrojo juvenil, les llegó un himno cargado de futuro: "gaudeamus igitur, juvenes dum sumus....". Y de las calles, y de las tiendas, el ruido confuso de las gentes en sus afanes diarios... y, sencilla como la propia tierra, les llegó una canción salida del corazón de un campesino en la era...
Mientras se deleitaban con estas sensaciones y muchas otras que aquí no se describen, aquellos doctos oyentes se miraban entre sí sorprendidos ante una nueva forma de verse: sus imágenes lucían deliciosamente bellas y se sentían dichosos contemplándose bajo una nueva luz.
Despiertos y conscientes de lo extraordinario del suceso, intentaron dar explicación racional a aquel fenómeno; fue entonces cuando, al alzar sus cabezas y mirar hacia lo alto, comprendieron el cambio: el sol, ahora sol total, cubría la bóveda celeste de lado a lado creando un nuevo cielo desde el naciente hasta un poniente que ya no existía; su nueva inmensa luz lo inundaba todo con una confortable claridad que les mostraba un pacífico día sin noche. Los colores de las cosas resaltaban como nunca habían visto... El blanco de las margaritas y de las rosas blancas era más blanco que el blanco luciendo como encendido; el rojo de las amapolas destacaba entre la hierba con tal fuerza que entraba a empujones por los ojos... La fruta madura en los árboles parecían farolillos de verbena con luz interior... Las colas de los pavos reales cegaban con su explosión multicolor... y las jaulas de las aves exóticas reventaban inundadas por la intensidad del colorido de sus plumas...
La felicidad brillaba en los iluminados rostros de los eruditos presentes...
Y se cerró el revelador libro de la naturaleza, y todo volvió a ser como siempre: con muchas preguntas sin respuesta y muchas dudas por aclarar. En silencio, los afortunados asistentes se alejaron del lugar llevando en sus corazones el esperanzador impacto de aquella experiencia.
Allí quedó el que había hecho la última pregunta, encogido, arrodillado, con el rostro cubierto con las manos, sollozando de felicidad. Cuando levantó la cabeza, en sus labios quedaron truncadas palabras de agradecimiento: el extraño ya no estaba allí.

 

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